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Cavilaciones

Ponga treinta centavos en la ranura

Rito

Un Oficinista cansado de todo toma su café en un bar de Av. La Plata, como todos los días.Visita el lugar siempre en ese horario, que es cuando su jefe (que frecuenta el mismo establecimiento) no está presente. Allí entabla conversación con un parroquiano ignoto, viejo y que, sea la hora que sea, está siempre en la mesa frente a la ventana. El anciano le cuenta que cincuenta años antes en una empresa donde trabajaba (y que ya no existe) al momento de echar gente anotaban el nombre del despedido en un papel y arrojándolo al inodoro, mientras decían la palabra “bibliorato”, lograban que el empleado desapareciera.
Un tanto descreído por lo que denomina “el desvarío de un viejo loco”, el Oficinista vuelve a su casa. Sin embargo la idea del sencillo ritual de algún modo le desvela.
Al día siguiente en la oficina, en un rapto demencial, toma un memo y anota el nombre de su jefe. Va hacia el baño, hace un bollito, lo arroja al inodoro y tira el botón mientras dice la palabra mágica. Vuelve a su escritorio riéndose de sí mismo por creer en esas cosas.
Al volver a su escritorio pasa, como quien no quiere la cosa, por el despacho de su jefe. Grande es su sorpresa al descubrir que sobre el sillón solo hay unos pantalones, una camisa a rayas verdes, una corbata anudada y unos zapatos a sus pies. Desparramadas por toda la habitación, monedas de diez centavos de peso simulan ser una constelación en el suelo. Desesperado, el Oficinista no sabe si festejar o llorar: por un lado nadie podrá acusarlo de nada, pero por otro (piensa) él mismo elaborará su condena, porque íntimamente sabe que él es culpable de la muerte de esa persona, y que lo inverosímil del hecho hará que nadie le crea, por lo que esto terminará convirtiéndose en su propio infierno.
Trata de no perder la calma. Quizá todo sea un sueño extraño y ni el viejo, ni el bar, ni el trabajo sean elementos de su vida verdadera. Busca en el escritorio algún indicio, alguna nota del estilo “vuelvo enseguida” que le permita entender que el jefe no desapareció por el rito que él realizó, sino por otra liturgia menos pagana y más extendido que es el de cumplir a horario los compromisos.
Al principio revisa moderadamente, trata de que no quede ninguna prueba de su paso por el lugar, más con el paso de los minutos revisa con un poco más de violencia y se atreve a revisar los bolsillos del traje que está tendido sobre la silla. Entonces siente un ruido, y desde una puerta que no había advertido (un baño privado del despacho) sale el jefe en calzoncillos. Destacan unas medias verdes, el cabello mojado que le da apariencia de punk postmoderno y una toalla al cuello, estrujada con motivos infantiles. El aire del lugar se espesa, se amilana. La mirada del jefe va desde la cara hasta la mano de su empleado. Luego de un rato, lo mira a la cara y sin hablar, le hace un ademán para que espere afuera. Se viste y se seca el cabello; Recién entonces lo hace pasar para anunciarle lo que ya es sabido: habrá un despido. Se levantan van hacia la puerta y el jefe le hace un gesto para que lo siga. En su mano lleva un memo, con el nombre del Oficinista.

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