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Cavilaciones

Ponga treinta centavos en la ranura

Intentos

Siempre que llego a la oficina busco sus ojos: Cuando voy llegando y las veredas últimas se van corriendo bajo mis pies como una cinta de montaje y los árboles y los coches pasan como segundos, anhelo que el fulgor del celeste desacostumbrado y radiante de sus ojos me ilumine de frente, y que el rojo difuminado de sus labios me dedique una sonrisa y un hola (porque cuando yo llego, ella siempre se va). Cuando desensillo del ascensor y abro las puertas del recinto donde trabajo, deseo que desde el pasillo ella venga con su ritmo presuroso, siempre diez minutos antes de las quince horas, para entonces abrirle la puerta, y saludarla, y refrescarme con su pasar urgente y sumergirme en su perfume rubio y momentáneo.

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