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Cavilaciones

Ponga treinta centavos en la ranura

El mundo en una botella de agua mineral

Sentado en mi escritorio, miro una botella de agua mineral que titila sin brillo sobre mi escritorio. La miro quizá como una excusa: verla para no trabajar, para no zambullirme en números, para no lidiar en una concatenación de preguntas, respuestas, ruidos de teclado, de mouse, otros rumores.
Recuerdo que cuando era chico me gustaba ver como quedaban las yemas de mis dedos, después de estar mucho tiempo sumergido en el agua. Me quedaban “dedos de viejo”. “La piel se hidrata de más y queda floja”, solía decirme la gente para explicarme la prematura vejez de mis manos.
Algo parecido a esto último supongo que nos pasa a los que hace muchos años que trabajamos en la cinta sin fin de una oficina. Vivimos sumergidos en el agua tibia de hacer siempre lo mismo, resignando reivindicaciones, derechos y virtudes, en favor de una comodidad aparente y completamente discutible. Así, de tanto vivir sumergidos, se nos arruga la piel del alma (si es que existe), nos queda floja -no grande- y envejecemos antes de tiempo.

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