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Cavilaciones

Ponga treinta centavos en la ranura

MAgias Cotidianas

Un oficinista siente una repentina sed que lo acosa. No hace ni calor ni frío, sin embargo, se le ha secado la garganta y siente un ir y venir en el paladar que lo incomoda; Sin esperar más, baja al buffet donde la máquina expendedora monta guardia por algún interés desconocido.
En el camino, su mano pasa por el interior de cada bolsillo con el mismo escrúpulo que un recaudador de impuestos medieval. Tiene cuarenta y cinco centavos. Cuando parece que su capital en monedas se queda ahí, la providencia le juega una gambeta al desconsuelo módico, que los pequeños fracasos cotidianos imponen, y deposita en un bolsillo recóndito, los cinco centavos que le faltan.
Emocionado, tal vez excesivamente, como todo aquel que (por esas cosas de la vida mundana) solo vive pequeños triunfos, baja los escalones del último tramo de escalera de dos en dos y se llega hasta el buffet corriendo. La máquina está sola, brillando su rojo resplandor, que se derrama levemente sobre el parquet plastificado, con una tranquilidad pasmosa que exaspera a los bivalvos que aman la velocidad y a la histérica de la gerencia de reclamos.
El oficinista mete cada una de las seis monedas (cuatro de diez y una de cinco) hasta completar los cincuenta centavos que la expendedora exige a modo de pago, o quizá de ofrenda. Elige la bebida y espera el estrépito con el que suelen caer las botellas, para entonces reclinarse un poco y sentir el frío del vidrio en la palma de su mano.
No obstante, por esos caprichos de la misma providencia que le dejó cinco centavos en un bolsillo recóndito, en vez de darle una botella, la máquina pare una margarita de pétalos naranjas y fondo negro.
Evidentemente sorprendido, el hombre duda un instante, más luego toma esa flor hija de la máquina y de la providencia y se vuelve a su escritorio. Allí busca un vaso, lo llena de agua fría y deposita en él la flor, que parece agradecerle con esa aurora de naranja tan suave y armónica. Esa misma noche venidera, cuando llegue a su casa, regalará la flor a su esposa, que -últimamente- se queja de su indiferencia tan parecida a un remito.

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