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Cavilaciones

Ponga treinta centavos en la ranura

El Gerente


Adaptación del cuento "El brujo postergado" de Jorge Luis Borges

En Córdoba había un oficinista que ambicionaba un puesto de gerente. Así fue como, un amigo, le comentó que tenía un tío que trabajaba de Gerente general en una importante empresa de transportes de Buenos Aires y que, si le interesaba, podía ir recomendado de parte suya para que lo nombrara gerente de finanzas. Sin esperar más el oficinista viajó, esa misma noche, a la capital Argentina.
A la mañana siguiente, ni bien llegó, pidió una entrevista con el pariente de su amigo, cuya secretaria lo recibió muy cortésmente en el hall de la empresa, esa misma tarde. La delicada muchacha le indicó que la acompañara y subieron en ascensor hasta el piso noveno donde estaba la oficina del tío de su amigo.
El Gerente general resultó ser un hombre de unos sesenta y cinco años, pulcro, de pelo cano, rigurosamente peinado con fijador (lo cual le daba un levísimo resplandor azulado), de mirada vana y rasgos laxos. Lo saludó educadamente, le señaló que se sentara y le pidió que tuviera a bien esperar para tratar el tema del puesto hasta después de tomar un té con masas, pues eran las cinco de la tarde y así lo imponía su costumbre, heredada por su ascendencia sajona. Ante la pregunta sobre si prefería otra infusión, el cordobés (quizá para no contrariar) le dijo que él prefería el té sobre todo y sonrió.
Luego de la merienda, el gerente le comentó que había hablado con su sobrino la noche anterior. Le contó que, generalmente, él no era amigo de ceder puestos por recomendación ya que las pocas veces que lo había hecho, los favorecidos lo olvidaban con toda descortesía. Por eso, dijo, es que había aprendido a glorificar al mérito como motor de ascenso, pero que esta vez haría una excepción, ya que el sobrino le había dado buenas referencias. Por otro lado, a él le urgía cubrir ese cargo pronto, antes que el presidente de la empresa convenciera a la junta de accionistas de poner a dedo a alguna de sus favoritas.
El oficinista aclaró que él no olvidaría ese gesto, que quedaría por siempre agradecido y que quedaba a su disposición para cualquier cosa que necesitara en el futuro. Así, pues, el Gerente consideró suficiente aquel compromiso y, previo aviso a la secretaria de que no se lo molestara por un plazo de una hora, pasó a detallarle en qué consistía el trabajo a realizar, la remuneración y lo que la empresa esperaba de él.
En eso estaban, cuando sonó el celular del oficinista. No resultaba ser otro que su hermano quién le comentaba que su abuelo había caído gravemente descompuesto y que se hacía urgente su viaje de regreso a Córdoba. El oficinista se disculpó y le dijo que no podía ir ese día y que recién lo haría en una semana, que lo tuvieran al tanto pero que, seguramente, no sería nada grave, tantas veces ya su anciano abuelo se había descompensado y luego recuperado. Terminada la reunión acordaron almorzar al día siguiente, en un restaurante cercano, para ultimar los detalles de su nombramiento.
Al día siguiente, mientras el Gerente General había ido al baño y el cordobés leía la carta del restaurante, volvió a sonar su teléfono celular. Era, nuevamente, el hermano que le comunicaba que, lamentablemente, el abuelo había fallecido, pero qué sorpresivamente, el anciano les había dejado una herencia calculada en no menos de diez millones de pesos en títulos de tierra y otros capitales. Según le comentó, el anciano había mantenido en secreto su vasta fortuna, vaya a saberse por qué misterios ya inescrutables. El oficinista comentó los hechos al Gerente y este se ofreció (dadas las penosas circunstancias del fallecimiento) a estirar lo más posible la designación de un nuevo gerente de ventas, hasta que él ordenara sus asuntos de familia.
Así fue como nuestro heredero tomó un avión hasta la ciudad mediterránea, para llegar lo antes posible a la lectura del testamento. Llegó a la escribanía, donde se celebraría el acto de lectura, con lo justo. Era una fortuna aún superior a la que el hermano le había dicho. En la repartición de bienes le tocó dos millones de pesos, tres campos en la Patagonia y el treinta y un por ciento del capital accionario de una empresa de transportes de Buenos Aires. Pasado unos meses vendió dos de los campos, y con el dinero ganado compró un veinte por ciento más de las acciones de la empresa de transportes y se convirtió, así, en socio mayoritario.
Tres años después, durante una junta de accionistas, se trató (entre otros temas) la falta evidente de eficacia del Gerente General de la compañía, que (según el Presidente) se estaba volviendo viejo para el cargo. Visto esto y otras razones expuestas, el accionista mayoritario y los restantes resolvieron echar al anciano gerente y se encomendó al Presidente, que eligiera al sustituto adecuado.
Al día siguiente, decidió almorzar en un restaurante cercano a su empresa. Estaba leyendo la carta cuando un hombre canoso se sentó frente a él. Era el Gerente General que le pedía perdón por la demora y le comentaba que, camino al baño, lo había llamado al celular el Gerente de Recursos Humanos para decirle que el Presidente de la empresa había puesto ya a una de sus favoritas en el cargo de Gerente de Cuentas. Le dijo que lo lamentaba mucho y que no podía quedarse a almorzar con él ya que tenía una reunión muy importante con los accionistas, pero que lo llamaría si había algún puesto nuevo en la empresa de transportes.

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