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Cavilaciones

Ponga treinta centavos en la ranura

Carta del oficinista enamorado a la rubia

Hace un tiempo revolviendo unos cajones de mi escritorio encontré esta carta, ya amarilla, de un oficinista ignoto (cuyo nombre no revelaré) y me gustó la idea de compartirla con ustedes, oficinistas. Querida Señorita: No se cuántas veces esta carta brotó a espaldas de facturas, remitos y en los horrorosos papelitos de colores que surcan mi escritorio de cabo a rabo. No recuerdo cuál fue la primer palabra que quedó fija en el mar de significados y significancias que es esta carta, así como tampoco memoro el número exacto de despachos que demoraron su salida por encontrarme yo enreverado en el editor de texto, a hurtadillas del jefe, que nada entiende de este tipo de cosas. Se me hace mentira que, antes de verla pasar por mi oficina, yo ya trabajaba acá, me resulta dificilísimo entender cómo hice yo para sobrellevar esos años de rutina sin verla a usted sentada con aire lejano, sin sentir su perfume como una bandera en la que cuelgo mis libertades, cuando usted pasa tan bella y silente con esos ojos, que traen reminiscencias de ese cielo que brilla afuera y que no puedo ver. Lo único que se me hace cierto es usted, usted que va y viene, como una flor andante, echándole luz a mis informes, destruyendo la fría baba de los tubos fluorescentes, esa luz sin pasión, sin piedad, tan propia de estos recintos en que la vida muere en favor del mecanicismo. No todas las rutinas son malas, vea, le juro que doy bendiciones a la rutina que me permite verla pasar apurada, todos los días, cuando usted llega veinte minutos antes de empezar la jornada, tan temprano que da lástima mire, tan solo de pensar que se tuvo que exponer a lo terrible del frío mañanero, que de tan puntual se vuelve despiadado en estos inviernos que nos toca vivir. Muchos me preguntan que gano escribiéndole, que si no sería más fácil invitarla al cine, o a tomar un café acá, en el buffett del trabajo; si no sería más fácil ir volviéndome un engranaje más de sus costumbres para luego, agazapado, dar el zarpazo e invitarla a salir. No sé. Prefiero esta vía desacostumbrada en estos tiempos, que me permite irrumpir en su vida con esta carta pretenciosa, para que sepa que usted me gusta tanto que, sin saberlo, me ayuda a hacer más linda esta vida paralela que es la vida laboral.

Suyo, El Oficinista

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