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Cavilaciones

Ponga treinta centavos en la ranura

Nuevas funciones para viejos equipos

Tomemos esa computadora que está frente a usted. Ese equipo con el que se miran a los ojos durante horas, mientras sus manos laboriosas teclean haciendo nuditos en el aire, tejiendo caracteres que, juntos, permiten hallar un significado. Tomemos esa computadora.¿Qué otras funciones usted podría encontrarle? Seamos sinceros: ¿Cuántas veces soñó con tirar el monitor, arrojarlo por la ventana en esas ocasiones en que el programa operativo se cuelga y usted -¡ay!- no grabó esa planilla santa que le tuvo liado durante horas? Pensemos un poco, bien podría servirle para deporte: “Lanzamiento de monitor” No es una disciplina olímpica, es verdad, pero si usted cuenta con la tolerancia de sus jefes y una suficiente cantidad de monitores a mano, puede llegar a convertirse en el mejor lanzador del mundo, o hasta ingresar al libro Guinness (que ante la falta de creatividad de los “recordistas”actuales recibirán su nueva disciplina con los brazos abiertos y los ojos llorosos).

A todo esto, usted se la agarra con el monitor; sin embargo es justo admitir que este animalito no hace más que mostrar los resultados de lo que sucede dentro del gabinete (en el que se hallan el disco rígido, la placa madre y el chip) no es más que un chivo expiatorio. Sí ya se, es esa tendencia a pensar que el monitor es la cabeza de la computadora...esa propensión a entender de una manera antropomórfica a las cosas y animales: tendencia que, sin ir más lejos hizo rico a Walt Disney. Vea, usted está equivocado: aquí han pagado justos por pecadores. Arroje también el gabinete, sí arrójelo con fuerza... Lo único que, por favor, desenchufe los cables de los parlantes, del teclado y de la impresora, que de ellos nos encargaremos luego. Helo ahí destrozado, al otrora CPU, con sus plaquetas diseminadas por doquier. Es hora de encontrarle una función nueva. Saque todo lo que quedó adentro, eso, así, vea todo el lugar que queda; fácilmente, en ese interior, podrá guardar revistas, ponerle dos manijas y convertirlo en canasta para las compras, usarlo de tacho de basura...o hasta utilizarlo como criadero de hámsteres (actividad que, además le redituará dinero).

Veamos ahora el teclado, comprendamos su forma rectangular, la llaneza del dorso donde una etiqueta nos anuncia que es un producto fabricado en China (cómo serán los teclados chinos, pensemos en lo complicado del idioma). Con su forma de tabla, bien puede servirnos de repisa (ahora que nada podremos escribir), amurando sus patitas a la pared nos queda un regio espacio para colmar de fotos de su mujer, de sus hijos y de su madre. Ahora, si el teclado es ergonómico (esos que se parecen lejanamente a los relojes derretidos de Dalí), bueno teniendo en cuenta su forma de leve “V” quizá puedan servirnos de bumeran (volviendo al ámbito deportivo) o, con un poco de trabajo, podremos convertirlo en una modesta nave espacial para su hijo menor, pintándole ventanitas y escribiendo cosas como “NTV-21Alfa” que es como a los directores y /o escritores yanquis le gusta bautizar a las naves espaciales en sus películas y /o novelas de ciencia ficción (tal vez piensen que los hombres del futuro carezcan de sentido poético y creativo para bautizar a los escualos intergalácticos).

A la impresora sáquele todos los mecanismos, sin piedad y sin pausa, vacíela de contenido (actividad que le gusta mucho a ciertos empresarios de los medios y dirigentes gubernamentales) y entonces tendrá un fantástico botiquín de primeros auxilios, o una desusada mini alacena para guardar los vasos. Personalmente me inclino por lo primero porque hombre prevenido vale por dos y más vale prevenir que curar.A los parlantes déjelos tal como está. Ya bastante daño ha realizado, está bien un poco, hay que saber decir basta. Si quiere regáleselos a su hija para que pueda escuchar los compacts del disc-man sin necesidad de ponerse esas sopapas inmundas en las orejas.

¿Pero cómo?¿Sigue con ganas de reconfigurar todo? Bueno, entonces vuélvase artista abstracto, tome los parlantes, convenza a los directivos y curadores del Centro Cultural Borges para que usted pueda exhibirlos en la próxima muestra, dígales que esos parlantes son una obra de arte llamada “Estos no son parlantes” y hasta quizá se lo compre por varios miles de pesos algún magnate sensible (o snob) para agregarlo a su colección privada o, si es Eduardo Constantini, para exhibirlo en el MALBA.

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