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Cavilaciones

Ponga treinta centavos en la ranura

Propiedad privada

Un oficinista calmo y anónimo, de apellido Gutiérrez, trabaja desde hace años en una empresa en la que, debido a nebulosos robos, han decidido emplazar dos guardas provistos por una empresa de seguridad privada, en la recepción del edificio.

En un principio los guardias se ocupan de pedir credenciales a la entrada, cosa que a nuestro oficinista le resulta razonable y ético. Pasado un tiempo (y sin que medien nuevos hurtos) las directivas cambian y la empresa exigen que los empleados sean palpados de armas. El calmo empleado no siente problemas en que esto pase, en definitiva él no lleva armas, así que qué problema puede haber.

Va pasando el tiempo y la rutina tiñe de maquinalidad los rituales de la recepción. Un día como cualquiera, los vigías exigen ver el interior de los bolsos a la finalización de la jornada laboral y un tiempo después a la entrada también. El oficinista colige que esto es algo positivo, él no lleva nada que le de vergüenza y además no roba, así que no le molesta mostrar el interior de su portafolio.

A los dos años, ya no solo se revisa el interior de los bártulos, sino que los guardas embargan cosas alegando que pertenecen a la empresa. Gutiérrez, empleado gris y anónimo, admite secretamente que es un exceso, pero no quiere perder el trabajo, ni que lo tilden de comunista y por más que lo maltraten y le descuenten del sueldo robos dudosos, es trabajo y las cosas no están para hacerse el loco, porque en definitiva es una locura reclamar.

Cada día se le quedan con más cosas, los anteojos, los pañuelos, la lapicera de oro (que durante setenta años permaneció en su familia), los cigarrillos y las pastillas de la presión. Todo alegando que es propiedad de la empresa. Los cheques, la calculadora, el anotador, el reloj que coloca sobre su escritorio, el almanaque, las fotos de los hijos. Todo porque se trata de material presuntamente de la empresa. Hasta que un día se quedan con el portafolio y sin mediar aviso ni discurso, un día se quedan redondamente con nuestro oficinista.



Escuchando Dindi Eu sei que vou te amar, Samba e Amor, Oba La La y Na Baixa do Depateiro por Caetano.

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Comentarios

  1. Ojalá no nos pase eso... digo... de tanto que vivimos en el trabajo... un día también nos morimos en el trabajo.

    Comentario de CarlosCastroRivera hace 4 años y 55 meses

  2. Es verdad Carlos, ayer vi en la TVE como había unos españoles que se mostraban a favor de jubilarse más allá de los 65 años. No pude creerlo

    Comentario de Noi hace 4 años y 55 meses


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